Filmin estrena "La red fantasma", un tenso thriller inspirado en hechos reales, el 24 de abril


Nota de prensa:

Filmin estrena el 24 de abril “La red fantasma”, película presentada en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes de 2024 y que marca el debut en el largometraje de ficción del cineasta francés Jonathan Millet. Nominada a dos premios César –mejor ópera prima y mejor actor revelación–, la cinta aborda el rastro invisible de la violencia y el exilio a través de un relato que bebe del thriller contemporáneo y del cine de espías.


Antes de dar el salto a la ficción, Jonathan Millet desarrolló su carrera en el ámbito del documental, lo que marcó de forma decisiva su aproximación a “La red fantasma”. Durante años viajó y vivió en distintos países —entre ellos Siria, donde residió durante un año—, una experiencia que le permitió entrar en contacto con realidades como la de los refugiados sirios en Europa.



Sinopsis

Hamid, un profesor sirio en el exilio, forma parte de un grupo secreto que persigue a antiguos dirigentes fugitivos del régimen de Bashar al-Assad refugiados en Europa. Su misión lo lleva a Francia tras la pista de un hombre al que cree reconocer como su antiguo torturador. A medida que avanza la investigación, Hamid se adentra en una red de identidades ocultas, vigilancias y sospechas donde nada es completamente seguro. 


Entre la justicia y la venganza


El origen de “La red fantasma” se remonta a 2015, cuando Jonathan Millet, entonces centrado en el documental, descubrió la existencia de grupos clandestinos que operaban desde países como Alemania para localizar a antiguos responsables del régimen sirio de Bashar al-Assad.


Al entrar en contacto con ellos, el director comprendió que el lenguaje documental no bastaba para transmitir la dimensión de sus experiencias: “Todo lo que me contaban era profundamente sensorial, cosas que sus cuerpos habían vivido”, explica. “Con la ficción podía hacer que el espectador se identificara y sintiera esas experiencias físicas a través de herramientas como el sonido, los actores o la recreación de ciertas escenas”.


En esta historia real, lo que más le interesaba a Millet eran las zonas grises en las que se mueven estos personajes, también en el plano moral. La película plantea así un dilema radical: cuando uno se encuentra cara a cara con su torturador, ¿debe tomar la justicia por su mano o entregarlo a las autoridades? Una pregunta compleja, de profundas implicaciones éticas e ideológicas, muy similar a la que planteaba Jafar Panahi en “Un simple accidente”.


Un cine de gestos y miradas


Al frente de la película, Adam Bessa construye una interpretación de gran intensidad contenida, apoyada en lo físico y lo gestual más que en el diálogo. Junto a Jonathan Millet, trabajó durante semanas cada detalle del personaje: “Trabajamos su mirada, sus gestos, su forma de caminar como si estuviéramos haciendo una película muda, donde todo lo importante se expresa sin palabras”, señala el director.


El actor llevó su preparación al extremo, durmiendo muy poco antes del rodaje y escuchando durante horas testimonios de prisioneros sirios torturados, con el objetivo de que esa carga emocional impregnara su cuerpo y su rostro. De ese trabajo minucioso surgen detalles reveladores, como el hecho de que su personaje nunca apoye la espalda al sentarse, a causa de las secuelas físicas de la tortura. Su interpretación, precisa y profundamente emocional, se convierte en el eje de la película, guiando al espectador a través de una experiencia marcada por la tensión, el trauma y el silencio.

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